Cuando Petrucciani escuchó a Duke Ellington, en un concierto que emitían en la televisión francesa, descubrió que por encima de todo  quería aprender a tocar el piano asi que Papa Noel le trajo su primer piano, de juguete claro, y lo tocó con tanta pasión que casi lo destrozó, su familia pensó que ya se merecía  uno de verdad. En esa época, su padre trabajaba cerca de una base militar, alguien decidió que esa base ya no tenía sentido y se cerró. Cuando los soldados se trasladaron se llevaron casi todo, casi, porque se olvidaron de un piano, el mismo que apareció un día en la casa de Petrucciani, manchado con huellas de latas de cervezas; no importaba… ¡era su primer piano!.

Pero había algo importante que solucionar para que el piano cumpliera su función.  Michel Petrucciani no era un niño físicamente normal, padecía de una enfermedad ósea llamada “osteogenésis imperfecta” que dejaba frágiles sus huesos y le impedía el crecimiento. Afectaba a todo su esqueleto excepto, afortunadamente, a sus manos. Así que su padre, adaptó la banqueta y le fabricó una extensión de pedales, con su nombre grabado. A cambió, le exigió que primero debía de formarse seriamente en música clásica. Para Michel no era tanto sacrificio , como apenas podía salir a jugar, se pasaba las horas tocando y estudiando. Fue tal su tesón que se convirtió en un virtuoso precoz: con 13 años da su primer concierto y dos años más tarde comparte escenario con Kenny Clarke y forma un exitoso dúo con Lee Konitz.

Pero el joven Petrucciani quería ir al corazón del jazz y decide trasladarse a Estados Unidos. En una visita a California, a través de un amigo suyo que era batería y a la vez jardinero de la casa de Charles LLoyd, consigue que éste le escuche. Al saxofonista le impresiona tanto que lo incorpora en el cuarteto que acababa de formar. Nacería una verdadera amistad y una admiración mutua. Petrucciani fue para Lloyd su ejemplo, su aliento espiritual, le enseñó a amar las cosas sencillas, a encontrar la belleza y sobre todo a reencontrarse con la música.

 

 

En poco tiempo su maestría y técnica perfecta, el fraseo, a veces impresionista e impredecible pero sobre todo, su romanticismo llama la atención de la crítica  y lo comparan con Sonny Rollins, Art Tatum o Keith Jarret. Y empieza a obtener numerosos galardones y a ser requerido por maestros como Bobby McFerrin o Jack DeJohnette y por prestigiosos sellos como Blue Note que  lo incorpora a su nómina de artistas.

Michel Petrucciani, el hombre de cristal, el ser que todos los días sentía dolor pero que una vez que sentaba al piano se olvidaba de su sufrimiento físico:

“Cuando toco el piano siento  como el más placentero de los orgasmos no en un sentido pornográfico, claro -decía- porque lo bueno es que lo puedes hacer en público, je”

El que no perdía el sentido del humor y que hasta daba gracias a Dios porque su anormalidad tal vez había sido un regalo. El que odiaba los premios:

“siento que creen que me voy a morir al día siguiente y tienen que darme el premio enseguida”.

El amante que se casó con una pianista y la convenció para que celebraran la boda en el Village Vanguard (la primera vez en la historia del club)..

“¿Por qué no? es donde están todos mis amigos”.

El que tenía el gran proyecto de crear una gran escuela internacional de jazz en su país natal y, muchas actuaciones y muchas grabaciones más…, el hombre de cristal pero con manos de acero, murió con solo treinta y seis años.

Su humor, su ánimo, su coraje y porqué no, su ejemplo, se resumen en una de sus composiciones más bellas LOOKING UP!!