(Foto: Pepe Torres)

El jazz nació con el cine, bueno casi, ¿o fue al revés? Poco importa. El caso es que uno y otro han estado tan unidos desde el principio de los tiempos que resulta difícil saber qué fue antes si el huevo o la gallina. Para cuando el cine decidió que tenía que hacerse sonoro (en 1927) no encontró mejor aliado que la música popular por excelencia en aquellos momentos: el jazz claro. El Cotton Club, King Oliver, las big bands de Fletcher Henderson y Duke Ellington, Louis Armstrong. Ya saben…

La música del Granada Film Project de Michel Mossman también tiene su historia, y algo más. En realidad es buena parte de la historia del cine… y del jazz. Azar o cosas del destino, aunque me inclino más por esto último, cuando la 29ª edición del Festival Internacional de Jazz de Granada se inauguraba la noche del 8 de noviembre otro hecho importante había ocurrido a miles de kilómetros de la ciudad. Barack Obama había sido elegido presidente de Estados Unidos. Justicia poética, el 44 presidente de los Estados Unidos había arreglado en cierto modo el desaguisado que la primera película sonora de la historia, The Jazz Singer, con un actor “pintado” de negro, había causado.

No se podían imaginar los programadores y el estupendo trompetista que es Mossman la trascendencia que tendría el concierto granadino, para el festival, la música, en fin. Está claro que el jazz, al igual que el blues, tiene unas claras raíces afroamericanas que para cuando se rodó la primera película todo el mundo conocía de sobra. Porque si cerramos los ojos, la banda sonora de la Humanidad en el siglo XX tiene acordes jazzísticos, como bien sabían el historiador Eric Hobsbawn y el compositor George Gershwin. Y si además agudizamos el oído, resulta inevitable captar las notas de algunas de las melodías más reconocibles de la historia del jazz-cine en el concierto de la banda de Mossman.

Para aquel, ahora lo sabemos, memorable concierto de principios noviembre de 2008, Michel Mossman había convocado a un buen puñado de fantásticos músicos, una “pequeña” big band de autor dónde estaban representados algunos de los solistas más reputados de la escena norteamericana, y algún joven león. La ocasión lo merecía. El repertorio elegido no lo era menos: Laura, Ascenseur pour l’échafaud, Anatomy of a murder, Round Midnight o Moon River (vertiginoso tour de force entre Mossman y Antonio Hart) entre otros. Los temas, arreglados por el propio trompetista, que de esto sabe lo suyo, tienen un aire nuevo en estos estándares. La lúgubre “Visite du vigile” de Miles Davis contrasta con el rejuvenecido “Misty”, el original de Erroll Garner que recuperó el gran Clint Eastwood para su Escalofrío en la noche. Y la omnipresente Round Midnight no podía faltar en la cita cuando de homenajes cinematográficos y musicales se trata.

El concierto de aquella noche no es el que escuchamos en el CD que editó el festival. La banda sonora de aquella noche inolvidable fue grabada tiempo después en un estudio de Nueva York, ¿pero acaso no reside la gracia de esta música en prever que nunca habrá un concierto igual, un solo igual, aunque se trata del mismo tema, de la misma banda sonora? Eso sí, los mismos músicos seguían homenajeando el viejo espíritu de las grandes formaciones del jazz que hacían de las intervenciones individuales efímeros y a la vez eternos logros colectivos.