¿Es posible reunir todo el Jazz que hoy suena en el mundo en tan sólo una semana? Parece una quimera pero, de algún modo, ese es el reto de los dos principales festivales de la provincia, el de noviembre en Granada y el de julio en Almuñécar. Y es también la sensación de un objetivo conseguido, en 2019, tras los seis conciertos del cartel principal. El resumen sería, sin duda, la variedad y la capacidad de cada género y artista, en lo viejo y en lo nuevo, en lo tradicional y en lo más reciente. En el parque El Majuelo, además, nos hacemos una idea del contexto y de las posibilidades de expansión y movilidad que ofrece un marco que siempre recuerdan gratamente los músicos que pasan por allí.

Esa acertada diversidad es una tendencia del Festival Internacional de Almuñécar, cuya apertura de miras es una seña de identidad, y este año no ha sido una excepción, desde la vanguardia de Christian McBride Situation (con la presencia de dos DJs -la Real Academia hace referencia a pinchadiscos-) hasta el clasicismo contemporáneo de Jesse Davis; desde la relectura de los clásicos del Soul y el R&B, que nos ofreció José James, hasta las exploraciones del cubano Gonzalo Rubalcaba; desde las nuevas figuras del jazz vocal que heredan el legado de Betty Carter y Sarah Vaughan, con Jazzmeia Horn, hasta las propuestas que enraízan en nuestra cultura, con Antonio Lizana, el “cantaor del jazz”, según él mismo dijo circunstancialmente en la conversación y firma discos tras el concierto. Un programa con propuestas para todos los paladares jazzísticos. Y nos consta que la afición en Granada y la Costa Tropical es tan exigente como la de las Ventas en lo taurino, porque saben y han escuchado mucho.

Actuación de Jazzmeia Horn. A la derecha el contrabajista Rashaan Carter. Foto: Rafael Marfil-Carmona.

El Festival Jazz en la Costa siempre nos garantiza una buena ración de vocalistas. Así, en ediciones anteriores, hemos disfrutado de Cécile McLorin Salvant, Kurt Elling, Kevin Mahogany, Jane Monheit, Gregory Porter, Jon Hendricks y una larga lista, entre veteranos y estrellas emergentes. En esta ocasión hemos escuchado, por primera vez en Granada, a la joven tejana Jazzmeia Horn, un nombre que le sugurió su abuela, que siempre son las que mejores consejos pueden dar para la marca personal. La vocalista que inauguró el festival dejó claras sus influencias abriendo y cerrando el concierto con temas de Betty Carter (Please Do Something y Tight, respectivamente). Entre medias escuchamos estándares como Willow Weep for Me, Skylark o East of the Sun, junto a varios temas del que será su nuevo proyecto (Love & Liberation). Los tres temas que eligió, Free Your Mind, Time y When I Say, están escritos por la propia Jazzmeia y también dejan entrever destellos de Betty Carter, especialmente el último de los tres citados. En casi todos los temas, esta cantante nos regaló innumerables piruetas vocales, especialmente en las rondas de improvisación haciendo uso de la técnica del scat. No hay duda de que, en muchos casos, juventud y técnica impecable vienen unidas.

José James. Festival Jazz en la Costa 2019. Foto: Rafael Marfil-Carmona.

El otro vocalista de esta edición, desde el sentido más clásico del concepto, ha sido José James, con ese aire de artista camaleónico, que igual graba un disco intimista de baladas a dúo con un pianista (For All We Know, 2010), como un trabajo de composiciones propias y sonoridades más cercanas a la música electrónica (Blackmagic, 20019). O igual se centra en un homenaje a Billie Holiday (Yesterday I Have the Blues, 2015) como en un tributo a Bill Withers (Lean on Me, 2018). Con una estética afroamericana indiscutible, con aire de apoyar a los Black Panthers si estuviéramos en los 70, además de ofrecer a la afición una sesión inolvidable, las piruetas que regaló fueron físicas, porque todavía estamos pensando cómo hizo para saltar la valla próxima al escenario y fundirse con esa agilidad con su público, que parecía estar allí esperando desde siempre. Se bailó y se sintió su música, acompañado de una formación excelente en la que destacó Aneesa Almusawwir en el bajo y, sobre todo, el aplaudido guitarrista Marcus Machado. Canta como nadie “Ain’t no sunshine”, con el permiso de Bill Withers, y no le tiene miedo a ningún clásico del Funk y de todas las correspondientes músicas hermanas. Es justo en una noche así cuando pensamos en qué momento el jazz dejó de ser una música de baile, con lo saludable que es moverse y sentirse feliz. De lo que no hay duda es de que la conexión con la grada es una característica del festival sexitano, y esa noche fue un ejemplo excepcional.

José James decidió cantar y bailar con el público en una de las primeras canciones. Foto: Rafael Marfil-Carmona.

Sin embargo, hemos tenido otros dos vocalistas más: la neoyorkina Alyson Williams, que formaba parte de la banda de Christian McBride, y Antonio Lizana, que maneja con igual destreza sus saxos y su voz. Pero ninguna de estas dos voces responde al canon clásico de vocalistas de jazz: la Williams es sobre todo una cantante de R&B, y Lizana es, ante todo, un cantaor, pero también un excepcional saxofonista. Ese nuevo flamenco-jazz, o “flamenco y jazz”, porque a veces son músicas que conviven más que hibridar, son  dos facetas de este artista de San Fernando, que contagió al auditorio una actitud llena de luz, recordándonos la importancia de tener muy presentes nuestros sueños.

Es importante recordar que el cante hondo, como el jazz o el blues, son lenguajes directos para la expresión de los anhelos del alma humana. Y en esos códigos universales nos encontramos cada uno de los diversos perfiles que conforman el público del festival. Este concierto fue, probablemente, una de las mayores sorpresas de esta edición. Especialmente para quienes no conocían su audaz propuesta, que está mas allá de la fusión del jazz y del flamenco. Definitivamente, Lizana ha encontrado un nuevo territorio en el que su música, sus solos de saxo y su voz flamenca confluyen con la misma audacia que naturalidad.

Personalmente nos quedamos con las Alegrías, un palo flamenco tan profundo como otras músicas que parten de una mayor oscuridad. Y Lizana, como en la foto de abajo, miraba hacia la luz. Hemos descubierto en el Majuelo a un artista con una sólida formación musical, con una gran intuición para llevar adelante el espectáculo, listo como él solo para comunicar, inspirado en sus composiciones y con la habilidad de elegir a los mejores compañeros de aventuras. Porque la propuesta de Lizana viene arropada por una banda muy sólida, que aporta una nueva visión sobre los temas del álbum “Oriente”, que representó el material principal de su actuación, destacando la comprometida «Fronteras», la romántica «Nos quisimos así» y las alegrías dedicadas a su madre: «Alegría Mari!». Como dice Juan Manuel Cid en este mismo blog, con la grandeza de un antiguo. Con eso está dicho todo.

Estampa clásica de saxofonista y cantaor Antonio Lizana. Foto: Rafael Marfil-Carmona.

Por otra parte, la presencia en Almuñécar de Gonzalo Rubalcaba era una apuesta segura. Rubalcaba ha desarrollado una sólida carrera que le sitúa entre los pianista de jazz de origen latino más importantes de los últimos 30 años. Sus grabaciones con Dave Holland son auténticas obras de arte, y acumula cuatro premios Grammy hasta el momento, por lo que va camino de emular a Messi y Cristiano Ronaldo con los balones de oro. Su concierto nos mostró al Rubalcaba intimista en las baladas, al Rubalcaba intrincado improvisando en las fronteras del Jazz y otras músicas clásicas o contemporáneas, y al Rubalcaba exhuberante que arrancó el concierto con un tumbao y levantó al auditorio con una personal versión de «Lágrimas Negras». Además, es merecedor de una estrella en el Bulevard del Jazz del parque “El Majuelo”, junto a otros grandes del piano latino, como Chano Domínguez, Eliane Elías o el gran Chucho Valdés, que también recibieron la medalla de oro del festival. Sus palabras de agradecimiento son coherentes con la calidad humana que pudimos conocer tras el concierto, dándole recuerdos de algún antiguo compañero de esa gran escuela cubana. A veces, es la propia música la que elige a gente buena para manifestarse.

Actuación del gran Gonzalo Rubalcaba, medalla de oro del Festival Jazz en la Costa 2019. Foto: Rafael Marfil-Carmona.

El viernes, fue el turno para Christian McBride y su banda, encabezada por una de las mejores teclistas, productoras y compositoras norteamericanas, Patrice Rushen, que tomaron el escenario y repasaron un buen puñado de clásicos y estándares. McBride, alternando el bajo acústico y eléctrico, y respaldado por dos DJs, un saxo tenor y por las mencionadas Alyson Williams (voz) y Patrice Rushen (piano teclados), reinterpretó con sabiduría y un punto de provocación Night in Tunisia, In a Sentimental Mood o It Don’t Mean a Thing. Especial mención merecen el medley formado por Summertime (de los hermanos Gershwin) y Red Clay (Freddie Hubbard), o el clásico Give It Up! de James Brown, con el que levantaron al público de los asientos para bailar, lo que ya iba deviniendo en costumbre durante la semana. Sin embargo, lo más original de esa noche fue el diálogo o, mejor, la armonía entre lo viejo y lo nuevo, ya que destacó especialmente el sonido de dos disyoqueis a los platos, DJ Logic y Jahi Sundance Lake. Con la imagen que aportamos más abajo pretendemos, precisamente, mostrar el diálogo entre épocas y culturas distintas, tan enriquecedor en lo visual como en lo sonoro. Otra noche animada, rítmica y llena de esencias revisadas desde la cultura urbana.

Christian McBride. Concierto en el Festival Internacional de Jazz de Almuñécar 2019. Foto: Rafael Marfil-Carmona.

Confluencia de estilos y culturas en el concierto de Christian McBride. Almuñécar 2019. DJ Logic y Jahi Sundance Lake a los platos. Foto: Rafael Marfil-Carmona.

El programa se cerraba con la banda del saxofonista Jesse Davis y una propuesta que, para entendernos, era más clásica, y que fue del agrado de los aficionados que no tienen complejos por instalarse en el Bop, el viejo y el nuevo. Un concierto así siempre es necesario en un evento jazzístico. No viene mal recordar lo que somos, nuestra esencia, aunque los desarrollos melódicos estaban claramente actualizados a los tiempos. Muchas piezas universalmente conocidas, pero sobre todo un discurso de gran calidad por parte de este saxo alto, que recibió clases de Elis Marsalis, padre de Wynton y Branford. Seguramente, ningún sitio mejor para captar las esencias que el Centro para las Artes Creativas de Nueva Orleans. Si bien acompañó a buen nivel el trompetista Raynald Colom, el pedigrí especialmente auténtico se lo dio, sobre todo, el sonido del órgano Hammond de Phil Wikinson, del que echamos de menos improvisaciones más completas, y sobre todo el oficio del batería Mario Gonzi, reconocido con efusividad por un buen aficionado de la primera fila, y con razón. Nos sumamos a ese aplauso.

Jesse Davis. Para los más clásicos, el neobop sonó a música celestial. Jazz en la Costa 2019. Foto: Rafael Marfil-Carmona.

No queremos cerrar esta crónica sin una justa y agradecida mención a la música de los trasnoches, aportada por la agrupación “Costa Jazz Quartet”, además de la actuación de The Jump Club en La Herradura, a la que no tuvimos la suerte de asistir. Para los que no estuvieran con ganas de tanta diversidad en alguna jornada, el Costa Jazz ha sido oxígeno en la madrugada, aportando una colección de clásicos del jazz magníficamente interpretados que, además, han dejado como recuerdo un disco para las personas que compraron el abono. Seguramente habrá más Jazz sonando en el mundo, pero para nosotros Almuñécar ha representado, durante una semana, el epicentro de todo el jazz que ha sido y que será. Vayan cuadrando las agendas para julio de 2020 y, antes, por supuesto, para noviembre en Granada. Y más inmediato, para los que quieran seguir, téngase el cuenta el Festival de la Alpujarra, que contará con las actuaciones del saxofonista David Murray y el vocalista Steffen Morrison, además del propio combo Costa Jazz Quartet. Nuestra provincia es tierra de buen jazz. Sigamos.

David Álvarez y Rafael Marfil-Carmona, editores de El Cantor de jazz