En el invierno de 1957, Miles Davis fue contratado por el promotor y director artístico Marcel Romano para dar un concierto en el teatro Olympia, seguido de tres semanas de actuaciones en el mítico Club Saint-Germain, con una sección rítmica conformada por músicos establecidos en París: el norteamericano Kenny Clarke (batería) y por los franceses Barney Wilen (saxo tenor), René Urtreger (1) (piano) y Pierre Michelot (contrabajo). Un grupo que habría de encontrar un lugar destacado en la historia del jazz.

Tras sus exitosas visitas en 1949 y 1956, Miles era una celebridad en Francia. Un personaje elegante, siempre rodeado de reporteros, aficionados y músicos que lo adoraban por su novedosa y abierta forma de tocar; además de estar relacionado con intelectuales y artistas como Jean–Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Pablo Picasso o Boris Vian y, sobre todo, con la cantante y actriz Juliette Greco, musa de la intelectualidad francesa con la que mantuvo una conocida relación a lo largo de los años desde su primer encuentro en mayo de 1949. Una historia de amor y amistad muy bien reflejada en el comic Miles en París de Salva Rubio y de Sagar.

Cuando Miles aterrizó en París en diciembre de 1957, en el aeropuerto estaba esperándolo uno de sus mayores fans, el joven director de cine Louis Malle que le pidió que compusiera la banda sonora de su primer filme: Ascenseur por l’echafaud. A Miles le gustó la idea y aceptó el proyecto. Todo un reto para él: ser el primer jazzman en componer una banda sonora. Louis Malle era perfectamente consciente del riesgo de esta tentativa, sin precedentes en la historia del cine hablado: «La música contribuyó al éxito de la película. Le dio su tono, una atmósfera, un ambiente que la música de Davis mantiene hasta el final y que le da su unidad”.

Tras firmar un contrato discográfico con el sello francés Fontane y haber visionado previamente la película,  Miles grabó la banda sonora en los estudios de La Poste Parisien a lo largo de unas cinco horas, en la noche del 4 al 5 de diciembre de 1957. Fueron momentos inolvidables para Jeanne Moreau, la joven y atractiva protagonista del filme, que amenizó las grabaciones con su presencia, y para algunos testigos de excepción: el polímata Boris Vian (2) y el fotógrafo Jean Pierre Leloir.

 Después de unas breves indicaciones a los músicos de algunos esquemas e ideas de ambiente, Miles contempló la pantalla de cine de pie, improvisando junto a sus compañeros la música de las escenas del filme. En la penumbra del estudio iban surgiendo notas y fragmentos que reflejan de manera magistral la acción de la película hasta completar una banda sonora que se caracteriza por no tener un leit-motiv concreto, ni un tema estrella.

Las improvisaciones de Miles Davis encajan perfectamente en el filme, con la extraordinaria fotografía en blanco y negro de Henri Deace, y contribuyen a subrayar las muchas sutilezas del guion y de los pensamientos internos de los personajes. Un concepto totalmente revolucionario en la época para una de las partituras más densas y sugerentes del cine. “Una banda sonora  fascinante”, confirmaba entusiasmado el prestigioso crítico Ralph J. Gleason de Down Beat Magazin, calificando el disco con la máxima y exigente puntuación de cinco estrellas.

Nunca una música se había asociado a un largometraje de esta manera. Jamás la leyenda de un filme se había construido tanto alrededor de su banda sonora. La fuerza del filme, su originalidad, plagada de novedosas imágenes, su modernidad, su trascendencia por la música de Miles Davis, su asociación a la explosión de la Nouvelle Vague, hacen que Ascenseur pour l´échafaud sea un ejemplo raro, único, de un filme que nos descubre también, un universo poético que es la identidad fundamental de la película.

Las imágenes de un París en negro y blanco, donde Jeanne Moreau busca un amor perdido, han cambiado la historia del cine y del jazz.

(1) René Urtreger recordaba así su primer encuentro con Davis: “Yo tenía un póster de Miles en mi habitación. La primera vez que nos vimos, estaba tocando con un trío en algún club de Montparnasse. Recuerdo que era un lugar frío y con poca luz. Miles apareció en la penumbra del local. Hacía tanto frío que se quedó con su abrigo puesto junto a la barra, daban escalofríos. Un poco más tarde sacó su trompeta y comenzó a tocar con nosotros. “

(2) Apuntes a la grabación de Boris Vian
«Esta grabación fue realizada de noche en el estudio Poste Parisien en un ambiente muy distendido. Estaba allí Jeane Moreau, la protagonista de la película, que, de manera encantadora acogía a los músicos y técnicos en un bar improvisado en el estudio. También estaban presentes los productores y técnicos, y Louis Malle, en tirantes. Los músicos, totalmente relajados, veían pasar en la pantalla las principales escenas de la película, y situados así en el ambiente, se lanzaban a improvisar a medida que transcurría la proyección. Es de señalar, en la toma Dîner au motel, la extraña sonoridad de la trompeta de Miles. En un momento determinado, un trozo de fragmento de piel se despegó de su labio para ir a colocarse en la boquilla. De Igual manera que los pintores deben a veces al azar la calidad plástica de sus tonos, Miles aceptó con agrado este nuevo elemento » inaudito» en el sentido literal de la palabra, jamás escuchado. No hay duda de que el oyente, incluso privado de las imágenes, será sensible al clima hechizante y trágico creado por el gran músico negro, sostenido admirablemente por sus compañeros de equipo».